HISTORIA/CURIOSIDAD/DEVOCIÓN II

 

Esta es la prisión donde Jesucristo fue encerrado antes de morir

Se cree que Jesús fue flagelado hasta 120 veces con dos látigos, uno que tenía bolas de hierro y otro que tenía huesos de pollo. Después caminó cargando la cruz de madera hasta el monte donde iba a morir.

El evangelio de Judas

Un antiguo texto, perdido desde hace más 1.700 años, afirma que el traidor a Cristo fue en realidad su discípulo más fiel:

Con un leve temblor parkinsoniano en las manos, el profesor Rodolphe Kasser cogió el antiguo texto y empezó a leer en voz clara y resonante: «pe-di-a-kan-aus ente pla-nei». Las extrañas palabras eran copto, la lengua hablada en Egipto en los albores del cristianismo. Nadie había vuelto a oírlas desde que la primitiva Iglesia cristiana prohibió a sus adeptos la lectura de aquel documento.

De algún modo este ejemplar sobrevivió, oculto durante siglos en el desierto egipcio. Finalmente fue descubierto a fines del siglo XX, para luego desvanecerse en el submundo de los traficantes de antigüedades, uno de los cuales lo abandonó durante dieciséis años en la cámara acorazada de un banco de Hicksville, en Nueva York. Cuando llegó a manos de Kasser, el papiro (una especie de papel hecho con plantas acuáticas secas) se estaba desintegrando, y su mensaje estaba a punto de perderse para siempre.

El erudito de 78 años, uno de los expertos en copto más acreditados del mundo, terminó la lectura y depositó con cuidado la hoja sobre la mesa. «Es una lengua preciosa, ¿verdad? Egipcio escrito en caracteres griegos.» Sonrió. «Es un pasaje en el que Jesús explica a los discípulos que están yendo por el mal camino». Kasser está entusiasmado con el texto, y con razón. La línea inicial de la primera página reza: «Crónica secreta de la revelación hecha por Jesús en conversación con Judas Iscariote…». Después de casi 2.000 años, el hombre más odiado de la historia vuelve a aparecer.

Todo el mundo recuerda la historia del amigo dilecto de Jesús, uno de los doce apóstoles, que lo vendió por 30 monedas de plata, señalándolo con un beso. Después, enloquecido por el remordimiento, se ahorcó. Judas es el símbolo de la traición por excelencia. En los mataderos llaman «judas» a la cabra que conduce a los animales al degolladero. En Alemania, el registro civil puede impedir que los padres pongan el nombre de Judas a sus hijos. Los guías de la antigua iglesia de la Virgen María, conocida como la «iglesia colgante», en el barrio copto de El Cairo, señalan una columna negra que destaca entre la columnata blanca del templo: Judas, desde luego. El cristianismo no sería el mismo sin su traidor.

Hay un trasfondo siniestro en las representaciones tradicionales de Judas. A medida que el cristianismo se distanciaba de sus orígenes como secta judía, los pensadores cristianos fueron encontrando cada vez más conveniente culpar al pueblo judío del arresto y la ejecución de Cristo, y presentar a Judas como el arquetipo de judío. Los cuatro Evangelios, por ejemplo, son indulgentes con Poncio Pilatos, el procurador romano de Judea, pero condenan a Judas y a los sumos sacerdotes judíos.

La «crónica secreta» nos presenta un Judas muy distinto. En esta versión, es un héroe. A diferencia de los otros discípulos, comprende verdaderamente el mensaje de Cristo. Al entregar a Jesús a las autoridades de Roma, no hace más que cumplir el mandato de su líder, plenamente consciente del destino que le espera. Jesús le advierte: «Te maldecirán».

Esta afirmación resulta suficientemente sorprendente como para levantar sospechas de fraude, algo habitual en las supuestas antigüedades bíblicas. Por ejemplo, una urna vacía de piedra caliza que, según se dijo, había contenido los huesos de Santiago, hermano de Jesús, atrajo gran cantidad de público cuando fue expuesta en 2002, pero pronto se descubrió que se trataba de una ingeniosa falsificación.

Un Evangelio de Judas resulta mucho más tentador que una caja vacía, pero hasta el momento todas las pruebas realizadas confirman su antigüedad. National Geographic Society, que contribuye a financiar la restauración y la traducción del manuscrito, ha encargado a un importante laboratorio de datación por carbono 14 de la Universidad de Arizona el análisis del códice que contiene el evangelio. El análisis de cinco muestras distintas del papiro y la cubierta de cuero fijan la fecha del códice en algún momento entre los años 220 y 340 d.C. La tinta parece ser una antigua receta: una combinación de sulfato ferroso, tanino, goma arábiga y agua, mezclada con tinta de negro de humo. Además, según los expertos en copto, el evangelio contiene giros reveladores que indican que fue traducido del griego, el idioma original de la mayoría de los textos cristianos escritos durante los siglos I y II. «Todos coincidimos en situar esta copia en el siglo IV», asegura un experto.

Otra confirmación nos llega del pasado. Hacia el año 180 d.C., Ireneo, obispo de Lyon en la Galia romana, escribió un tratado titulado Contra las herejías. El libro era un ataque feroz a todos aquellos cuyos puntos de vista sobre Jesús y su mensaje se apartaban de la ortodoxia de la Iglesia. Entre los blancos de sus críticas había un grupo que veneraba a Judas, «el traidor», y que había producido una «historia falsa», que «llaman el Evangelio de Judas». Al parecer, varios decenios antes de que se escribiera el manuscrito que Kasser tiene en sus manos, el colérico obispo ya tenía noticias del texto original griego.

Ireneo tenía un montón de herejías contra las cuales luchar. En los primeros siglos del cristianismo, lo que para nosotros es la Iglesia, que funcionaba con una jerarquía de sacerdotes y obispos, era sólo uno de los numerosos grupos inspirados en Jesús. El experto en la Biblia Marvin Meyer, de la Universidad Chapman, que ha colaborado con Kasser en la traducción del evangelio, resume aquella situación como «el cristianismo en busca de su estilo».

Seguidores de un cristianismo primitivo

Muchos de esos grupos eran gnósticos, seguidores de la misma línea del cristianismo primitivo recogido en el Evangelio de Judas.

«Gnosis significa “conocimiento” en griego –explica Meyer–. Los gnósticos creían en un principio supremo de bondad, entendida como una mente divina, más allá del universo físico. El ser humano posee una chispa de ese poder divino, pero está aislado de la divinidad por el mundo material que le rodea». Para los gnósticos, un mundo defectuoso, obra de un creador inferior y no del Dios supremo.

Mientras que los cristianos como Ireneo sostenían que sólo Jesús, el hijo de Dios, era a la vez humano y divino, los gnósticos creían que la gente corriente podía estar conectada con Dios. La salvación se alcanzaba despertando la esencia divina del espíritu humano y conectándola con Dios. Para eso se precisaba la guía de un maestro, y tal era, según los gnósticos, la función de Cristo. Aquellos que interiorizaban su mensaje podían ser tan divinos como el propio Cristo.

De ahí la hostilidad de Ireneo. «Esos grupos eran místicos –dice Meyer–. Los místicos siempre han desatado las iras de la religión institucionalizada. Oyen la voz de Dios en su interior y no necesitan sacerdotes intermediarios».

Ireneo comenzó su libro al regresar de un viaje y encontrarse a sus fieles soliviantados por un predicador gnóstico llamado Marcos, que animaba a sus iniciados a demostrar su contacto directo con la divinidad mediante profecías.

Hasta hace pocas décadas, tales doctrinas se conocían básicamente a través de las críticas hechas por líderes ortodoxos como Ireneo. Pero en 1945, cerca de la localidad egipcia de Nag Hammadi, unos campesinos hallaron dentro de una tinaja de barro un conjunto de textos gnósticos que llevaban siglos perdidos. Entre ellos había más de una docena de versiones inéditas de las enseñanzas de Cristo, incluidos los Evangelios de Tomás y de Felipe, y el Evangelio de la Verdad. Ahora tenemos el Evangelio de Judas.

En el pasado, algunas de estas versiones pudieron haber tenido mayor circulación que los cuatro Evangelios más conocidos. «La mayoría de los manuscritos o fragmentos del siglo II que hemos hallado son copia de otros libros cristianos», afirma Bart Ehrman, profesor de estudios religiosos de la Universidad de Carolina del Norte. Una faceta del cristianismo primitivo oculta desde hace tiempo está emergiendo.

La idea de que existan «evangelios» que contradigan a los cuatro canónicos del Nuevo Testamento resulta muy inquietante para algunos, como pude comprobar cuando comí con Meyer en un restaurante de Washington, D.C. «Es apasionante –exclamó–. El manuscrito explica por qué Jesús distinguió a Judas como el mejor de sus discípulos. Los otros no lo entendieron».

El restaurante se había vaciado y estábamos solos, perdidos en el siglo II, cuando el maître le entregó dubitativamente una nota a Meyer. El texto rezaba: «Dios habló a través de un libro». Al parecer, alguien sentado cerca de nuestra mesa había interpretado que Meyer ponía en tela de juicio que la Biblia fuera la palabra de Dios.

De hecho, no está claro si los autores de los evangelios –ni siquiera los de los cuatro más conocidos– presenciaron los sucesos que narran. Craig Evans, estudioso bíblico del Acadia Divinity College, de confesión evangélica, opina que los Evangelios canónicos acabaron por eclipsar a los otros. «Los primeros grupos de cristianos por lo general eran pobres. Sólo tenían medios para encargar la copia de unos pocos libros, de modo que sus miembros dirían “yo quiero el Evangelio del apóstol Juan”, y así sucesivamente –argumenta–. Los Evangelios canónicos son los que ellos mismos consideraban más auténticos». O quizá las alternativas fueron sencillamente derrotadas en la batalla del pensamiento cristiano.

El Evangelio de Judas es un vívido reflejo de la lucha librada hace mucho tiempo entre los gnósticos y la Iglesia jerárquica. Ya al inicio del texto, Jesús se ríe de sus discípulos por rezar a «vuestro dios», refiriéndose al dios demiurgo que creó el mundo. Compara a sus discípulos con un sacerdote del templo (casi con certeza una referencia a la ortodoxia de la Iglesia), a quien tilda de «maestro de falsedades» y acusa de «sembrar árboles infructíferos, en mi nombre, de manera vergonzosa». Exhorta a los discípulos a mirarlo y comprender quién es él realmente, pero ellos vuelven la vista.

El pasaje clave viene cuando Jesús le dice a Judas: «Tú sacrificarás el cuerpo en el que vivo». Esto significa, en pocas palabras, que Judas va a matar a Jesús y que así le hará un favor. «El hombre en el que vive no es Jesús en absoluto –dice Meyer–. Por fin podrá deshacerse de su cuerpo, de su parte material, liberando así al Cristo verdadero, al ser divino que existe en su interior».

El hecho de que la tarea le sea confiada a Judas es un signo de su estatus especial. «Levanta los ojos y mira la nube con luz en su interior y las estrellas que la rodean –le insta Jesús–. La estrella que indica el camino es tu estrella». Al final, Judas tiene una revelación e ingresa en una «nube luminosa». La gente en la tierra oye una voz que sale de la nube, aunque puede que nunca sepamos lo que dice, a causa de un desgarro en el papiro.

El evangelio termina bruscamente, con una breve nota en la que se cuenta que Judas «recibió algo de dinero» y entregó a Jesús a los soldados que habían ido a arrestarlo.

Para Craig Evans, este relato es una invención sin sentido escrita hace mucho tiempo. «No hay nada en el Evangelio de Judas que nos diga algo históricamente verosímil», afirma.

Pero otros estudiosos lo consideran una nueva e importante aportación al estudio del pensamiento de los primeros cristianos. «Esto cambia la historia del cristianismo en sus inicios –asegura Elaine Pagels, catedrática de religión en la Universidad de Princeton–. Nosotros no buscamos en los Evangelios información histórica, sino los fundamentos de la fe cristiana».

«Es un hallazgo muy importante –conviene Bart Ehrman–. Muchos se sentirán molestos».

Un texto que tumbaría a un cura

El padre Ruwais Antony es uno de ellos. Desde hace 27 años el venerable monje vive en el monasterio de San Antonio, un refugio aislado en el desierto oriental de Egipto. En una visita al lugar le pregunté qué la parecía la idea de que Judas hubiese entregado a Jesús actuando a petición suya, y que por lo tanto fuese un hombre bueno. Ruwais se sintió tan turbado ante esa idea que casi perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la puerta. Después, sacudió la cabeza con disgusto, murmurando: «Nada recomendable».

Antes, el padre Ruwais me había llevado a la iglesia de los Apóstoles. Bajo nuestros pies se hallaban las celdas originales, sepultadas durante mucho tiempo y excavadas recientemente. Aquellas celdas habían sido construidas por el mismísimo San Antonio cuando fundó la comunidad a principios del siglo IV.

Pocos años después de aquel acontecimiento, un escriba anónimo cogió su cálamo de junco y una hoja de papiro y empezó a copiar: «Crónica secreta…». El amanuense no pudo estar muy lejos, ya que el área donde supuestamente fue hallado el códice se encuentra a 65 kilómetros al oeste. Puede que hasta fuera un monje, pues se sabe de algunos monjes que veneraban los textos gnósticos y los conservaban en sus bibliotecas.

Sin embargo, a finales del siglo IV no era muy prudente poseer ese tipo de libros. En el año 313, el emperador Constantino había legalizado el cristianismo, pero su tolerancia sólo incluía a la Iglesia organizada, sobre la cual hizo llover riquezas y privilegios, por no mencionar las exenciones de impuestos. Los herejes, cristianos que no aceptaban las doctrinas oficiales, no contaban con ningún apoyo, eran penalizados y finalmente se les prohibió que siguieran reuniéndose.

Ireneo ya había señalado los cuatro Evangelios de San Mateo, San Lucas, San Marcos y San Juan como los únicos que los cristianos debían leer, y su lista acabó por convertirse en política oficial de la Iglesia. En el año 367, Atanasio, influyente obispo de Alejandría y gran admirador de Ireneo, emitió una orden que debía ser acatada por todos los cristianos de Egipto en la que enumeraba 27 textos, entre ellos los cuatro Evangelios actuales, como los únicos libros del Nuevo Testamento que podían considerarse sagrados. La lista se mantiene hasta hoy.

No podemos saber cuántos libros se perdieron mientras la Biblia cobraba forma, pero sabemos que algunos fueron ocultados. Los libros hallados en Nag Hammadi fueron escondidos en el interior de una sólida tinaja, alta hasta la cintura, tal vez por monjes del cercano monasterio de San Pacomio. Uno de ellos habría podido esconder el Evangelio de Judas, que apareció junto con otros tres textos gnósticos.

Los documentos sobrevivieron durante siglos de guerras y catástrofes. Nadie los leyó hasta mayo de 1983, cuando Stephen Emmel, que realizaba en Roma su trabajo de posgrado, recibió la llamada de un colega pidiéndole que viajara a Suiza para analizar unos documentos coptos que una misteriosa fuente había puesto en venta. En Ginebra, Emmel y otros dos expertos fueron conducidos hasta la habitación de un hotel donde se reunieron con otros dos hombres: un egipcio que no hablaba inglés y un griego que hacía de intérprete.

«Nos concedieron una media hora para estudiar el contenido de lo que resultaron ser tres cajas de zapatos, en cuyo interior había unos papiros en-vueltos en papel de periódico –recuerda Emmel–. No nos permitieron hacer fotografías ni tomar notas». El papiro estaba empezando a desintegrarse, por lo que no se atrevió a tocarlo con las manos. Arrodillado junto a la cama, levantó cautelosamente algunas hojas con unas pinzas y entrevió el nombre de Judas. Supuso erróneamente que sería una referencia a Judas Tadeo, otro de los apóstoles, pero aun así comprendió que estaba ante una obra totalmente inédita y de gran importancia.

Uno de los colegas de Emmel pasó al cuarto de baño para negociar un trato. Emmel no estaba autorizado a ofrecer más de 50.000 dólares (42.000 euros de hoy), pero los traficantes pedían 3 millones (2,5 millones de euros), ni un centavo menos. «Era impensable pagar tanto dinero», dice Emmel, hoy profesor en la Universidad de Münster, Alemania. Emmel recuerda con pesar el «hermoso» papiro y lamenta lo mucho que se ha deteriorado desde entonces. Mientras las dos partes de la negociación almorzaban, él se escabulló y anotó frenéticamente todo lo que pudo recordar. Ésa fue la última vez que un estudioso vio el documento en 17 años.

Según los actuales propietarios del Evangelio de Judas, el egipcio de aquel hotel de Ginebra era un comerciante de antigüedades de El Cairo llamado Hanna que había comprado el manuscrito a un traficante local, que a su vez se ganaba la vida localizando piezas de ese tipo. No se sabe exactamente cómo ni dónde encontró la colección el traficante. Ahora está muerto, y sus familiares del distrito de Maghagha, a 150 kilómetros al sur de El Cairo, son extrañamente reticentes a revelar el sitio del hallazgo.

Poco después de que Hanna adquiriera el manuscrito y antes de poder sacarlo del país, toda su mercancía fue objeto de un robo. Según la versión de Hanna, los objetos robados fueron sacados ilegalmente del país y acabaron en manos de otro anticuario. Posteriormente, Hanna logró recuperar parte del botín, incluido el evangelio.

En el pasado, pocos se habrían preguntado cómo salió de su país de origen una valiosa antigüedad. Pero hoy, los países ricos en patrimonio tienen una actitud más proteccionista: prohíben la propiedad privada de piezas antiguas y controlan rigurosamente su exportación. Los compradores respetables, como son los museos, intentan asegurarse de que la procedencia de una pieza sea legítima, estableciendo que no ha sido robada ni exportada ilegalmente.

A principios de los años ochenta, cuando se produjo el robo de la colección de Hanna, ya era ilegal en Egipto poseer antigüedades sin registrar o exportarlas sin permiso oficial. No están claros los efectos de esas leyes sobre el códice, como tampoco lo está su procedencia.

Aun así, Hanna estaba decidido a sacarle el mayor beneficio posible. Los expertos en Ginebra le confirmaron que era valioso, de modo que el comerciante viajó a Nueva York en busca de un comprador con dinero de verdad. La incursión no dio los frutos esperados, por lo que el egipcio regresó a El Cairo. Pero antes de partir de Nueva York alquiló una caja de caudales en una sucursal del Citibank en Hicksville, Long Island, donde depositó el códice y otros papiros antiguos. Allí permanecieron, intactos y enmoheciendo, mientras Hanna hacía varias tentativas de venta. El precio siempre era demasiado alto.

Finalmente, en abril de 2000, cerró un trato. La compradora fue Frieda Nussberger-Tchacos, una griega nacida en Egipto que triunfó en el negocio de antigüedades tras cursar estudios de egiptología en París. Ella no está dispuesta a revelar lo que pagó, pero admite que la rumoreada cifra de 300.000 dólares (250.000 euros de hoy) «no es la correcta, pero se le acerca». Pensando que la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale podía estar interesada, dejó su mercancía en manos de uno de los expertos de la biblioteca, el profesor Robert Babcock.

Al cabo de unos días, cuando salía de Manhattan para coger un avión de regreso a su casa de Zurich, el profesor la llamó al móvil. Sus noticias eran explosivas, pero lo que mejor recuerda Frieda Tchacos es su exaltación: «Me decía: “Es un material increíble; creo que se trata del Evangelio de Judas Iscariote”, pero yo sólo oía la emoción que vibraba en su voz». Únicamente más tarde, durante las largas horas de vuelo a través del Atlántico, Tchacos comenzó a asimilar que verdaderamente era la propietaria del legendario Evangelio de Judas.

Los griegos creen en el destino, o moira, y durante los meses siguientes Frieda Tchacos comenzó a sentir que su moira se había entrelazado de un modo fatídico con Judas, «como una maldición». La Biblioteca Beinecke retuvo el documento durante cinco meses, pero al final declinó comprarlo, pese al entusiasmo del profesor Babcock, sobre todo por abrigar dudas acerca de su procedencia. Así pues, Tchacos renunció a Yale y a otras prestigiosas universidades y decidió poner rumbo a Akron, Ohio, para entrevistarse con Bruce Ferrini, un ex cantante de ópera dedicado a la venta de manuscritos antiguos.

Si el rechazo de Yale había sido descorazonador para la anticuaria, el viaje a Akron resultó ser una auténtica pesadilla. «Mi vuelo desde el aeropuerto Kennedy fue cancelado y tuve que viajar desde LaGuardia en una avioneta. Tenía el material cuidadosamente guardado en cajas negras, pero no me dejaron subirlo conmigo a la cabina». Judas viajó a Ohio en la bodega. A cambio del manuscrito de Judas y otros documentos, Ferrini entregó a Tchacos un contrato de compraventa con una de sus empresas llamada Nemo, y dos cheques posdatados de 1,25 millones de dólares (un millón de euros) cada uno.

Ferrini no ha respondido a las numerosas llamadas telefónicas realizadas por National Geographic para conocer su versión de los hechos, pero algunas personas que vieron el manuscrito de Judas cuando estaba en su poder aseguran que cambió el orden de las páginas. «Quería que pareciera más completo», señala el experto en copto Gregor Wurst, que está ayudando a restaurarlo. Se estaban desprendiendo más fragmentos.

Tchacos empezó a dudar del trato a los pocos días de volver a casa. Su recelo aumentó cuando un amigo llamado Mario Roberty le recordó que nemo significa en latín «nadie».

Roberty, un ingenioso abogado suizo, conoce el mundo de los anticuarios y dirige una fundación dedicada al arte antiguo. Según dice, quedó «fascinado» por la historia de Tchacos y se ofreció gustoso a ayudarla a recuperar el manuscrito de Judas.

Los sustanciosos talones de Ferrini vencían a comienzos de 2001. Para presionarlo a devolver el códice, Roberty se alió con un crack del sector de las antigüedades, un ex marchante llamado Michel van Rijn que dirige desde Londres un influyente portal web desde el cual fustiga sin compasión a sus numerosos enemigos en el mundo de los anticuarios. Informado por Roberty, Van Rijn reveló la noticia de la existencia del evangelio y añadió que se encontraba «en las garras del comerciante de manuscritos Bruce P. Ferrini», quien estaba atravesando «graves problemas financieros». Después, con absoluta crudeza, advertía a los posibles compradores: «Si lo compran, si lo tocan… ¡se las verán con la justicia!».

Recuperación del códice de Judas

Para Roberty, reclutar a Van Rijn «fue decisivo». En febrero de 2001, Tchacos recuperó el códice de Judas y lo llevó a Suiza, donde cinco meses más tarde se reunió con Kasser.

En ese momento, declara Tchacos, Judas pasó de ser una maldición a una bendición. Mientras Kasser comenzaba a descifrar laboriosamente el significado de los fragmentos del códice, Roberty ideó una ingeniosa solución al problema de la procedencia: vender los derechos de difusión y traducción del material, prometiendo a la vez el retorno del documento original a Egipto. La fundación de Roberty, que actualmente controla el manuscrito, ha firmado un acuerdo con National Geographic Society.

Liberada de las preocupaciones de marketing, Tchacos ha empezado a hablar un poco como los místicos. «Todo está predestinado –murmura–. Yo estaba predestinada por Judas a rehabilitar su nombre».

A orillas del lago Ginebra, en la planta de arriba de un edificio anónimo, un especialista deposita con sumo esmero un diminuto fragmento del papiro en el lugar que le corresponde, y parte de una antigua frase se recupera.

Judas, renacido, está a punto de salir a la luz.

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El largo viaje de la Sábana Santa, la historia de la Síndone

¿Cómo llegó de Jerusalén a Turín? Repasamos su controvertida historia:

La Síndone, la Sábana Santa con la imagen de un hombre con los ojos cerrados, rubio y de bellas facciones, nos lleva, por obra de una larga y consolidada tradición, hasta Jesús. Solo Dios sabe si es de factura divina, si esa sangre de color óxido es la que derramó Cristo en el Gólgota y si ese ca­­bello y esa barba son del Nazareno. Solo Dios tiene la clave del misterio: así lo creen los fieles y peregrinos que acuden a Turín con motivo de la ostensión. Según Gian Maria Zaccone, director científico del Museo de la Síndone de Turín y autor de un erudito manual-síntesis de toda la literatura sindonológica, «la historia nos muestra que a los fieles no les interesan los debates científicos: lo que ellos ven y sienten frente a esa imagen es una evocación de la figura de Cristo, de cuya contemplación surge la devoción, que no ha faltado en ninguna época».

«Es un icono estampado sobre un lino de fa­­bricación medieval, comprado hace siglos por los Saboya por razones políticas y hoy propiedad del Vaticano», afirma el historiador florentino Franco Cardini. Y otro historiador, Andrea Nicolotti, de la Universidad de Turín y especialista en los primeros tiempos del cristianismo y en el análisis de las fuentes documentales relacionadas con la historia de la Síndone, añade: «Sabemos que fue confeccionada por un artesano, aunque descono­cemos su nombre. Ya en su momento el obispo de Troyes, localidad francesa en donde a mediados del siglo XIV apareció la Sábana Santa, denunció el fraude, y el papa Clemente VII de Aviñón advirtió a los creyentes: se trata de una representación. Ahí están los documentos, los testimonios, los procesos. Lo demás es un uso político”.

No hay duda de que la Síndone –y su imagen– es un objeto que en sus múltiples metamorfosis a lo largo de la historia ha sido capaz de suscitar una emoción. Desde sus mismos orígenes, en tiempos del emperador Tiberio, hasta hoy. De tal modo que su autenticidad no constituye un problema esencial para la Iglesia. «Dejémoselo a la ciencia», declaró el papa Wojtyła en un célebre discurso de notable laicidad. No es una reliquia sino un icono, un símbolo si se quiere; especial, diferente, inexplicable. Y como todo símbolo, para pervivir necesita a quien lo vive y lo revive a través de la historia que relata.
Fue Juan, el cuarto evangelista, quien estableció esta relación. En su relato describe, una vez consumada la Resurrección, la carrera de Pedro y del «discípulo a quien Jesús amaba» (el mismo Juan, según la interpretación predominante) hasta el sepulcro vacío para comprender qué había sucedido. Pedro entra en la tumba y observa que el sudario no está junto con las demás telas, sino doblado y colocado aparte. Se queda callado, no reacciona. Pero Juan «vio y creyó».

Al evangelista le bastan dos verbos para abrir paso al misterio, para poner en marcha una historia muy humana con una prosa propia de las grandes ocasiones. No se trata de un milagro, sino de la reacción de quien encuentra lo divino gracias a un objeto de por sí banal. Y viceversa: establece el primer paso de un objeto-símbolo (la Síndone) no en los cielos de la teología, sino en las venas y las entrañas de los hombres. La Síndone, en todas sus versiones, incluida la de Turín, está ahí desde el origen, y es una historia humana. Una historia de fe, accidentada, pero sobre todo y como ninguna otra, humana.

Comienza en Antioquía (hoy Antakya), en el sur de la actual Turquía. En tiempos de Cristo era la tercera ciudad del Imperio romano, cosmopolita y tolerante. Allí es donde por primera vez los discípulos son llamados cristianos. Y dado el clima de persecución que existe en Jerusalén, es allí también donde se refugia Pedro con muchas reliquias de la Pasión. Él fue el primero en entrar en la tumba: es lógico pensar –o creer– que lleva consigo la Síndone. En Antioquía hay una iglesia rupestre conocida como la gruta de San Pedro; fue él su primer obispo.

Pero, según insinúa santa Cristiana de Georgia tres siglos más tarde, no sucedió así exactamente. La Sábana Santa pasó por las manos de la mujer de Poncio Pilato, quien también acudió a la tumba; esta se la entregó a san Lucas, quien la escondió hasta que la encontró Pedro.

¿La mujer de Pilatos? Sí, dice santa Cristiana. La gracia divina, por medio de la Síndone, la tocó y convirtió al cristianismo. En ningún sitio se menciona que haya una figura humana impresa en la sábana: de existir, Pedro habría hablado de ella, Juan la habría mencionado, sostiene Mauro Pesce, historiador del cristianismo primitivo. Falta documentación, y la poca que hay, ya sea en los Evangelios o en los usos funerarios de la época, no dice nada en absoluto acerca de historias de imágenes impresas. No hay ningún nexo entre la Síndone de Turín y el sudario que vio Pedro, concluye Pesce.
Sin embargo, el lienzo ya ha entrado en la devoción popular, que incluso le atribuye la conversión de Pilatos, deshecho en lágrimas ante la Sábana Santa.

En el año 540, el rey persa Cosroes, en guerra con el Imperio romano de Oriente, conquista Antioquía y la incendia. Los cristianos huyen a Edesa (la actual Şanlıurfa), en donde se tiene noticia de ellos cuatro años después. Es un lugar que une el Mediterráneo con Mesopotamia, una ciudad culta, rebosante de orientalismos religiosos. Allí se rinde culto a los dioses Nabu (babilonio), Baal (fenicio) y tam­­­bién todos los del Olimpo. A pocos kilómetros de Edesa está Harrán, un viejo cruce de ca­­minos que hoy alberga poco más que un puñado de casas con forma de colmena. Es allí donde Yahvé habló por primera vez a Abraham 2.000 años antes: «Vete a la tierra que yo te mostraré», la tierra de Canaán.

Harrán cierra en cierto modo un círculo, es un regreso a los orígenes y unifica un credo, si es que hacía falta. En Şanlıurfa todavía está el estanque de Abraham, un enorme lago junto a la mezquita Halil Camii donde nadan grandes carpas. Abraham hizo un milagro: convirtió en agua un fuego que debía quemarlo y en peces los cepos que lo apresaban. Quien comiera uno de esos peces quedaría ciego.
En Edesa aparece una tela con la cara de Jesús, el célebre Mandilión («paño», en árabe). Es el rostro de Cristo reproducido sobre un paño sostenido por ángeles. El autor es el propio Cristo. Se lo envió a Abgar V, rey de Edesa. Este, «consumido por un mal incurable», había escrito al Nazareno. Jesús lo «honra con una carta personal» (así lo cuenta Eusebio de Cesarea, Padre de la Iglesia y autor de la Historia eclesiástica).

Por su parte, Abgar envía también un pintor, desea una imagen, pero ante la «gloria inefable de Su rostro», el pintor se rinde. Cristo se da cuenta, pide agua, se lava y se seca la cara con un paño (el Mandilión) en el que quedan impresas sus facciones, las que todos conocemos: pelo largo y dulce mirada, tal como se representa en un icono del siglo X del monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí.

El hombre de la Síndone expuesta en Turín se le parece, pero los ojos son los de un muerto, están cerrados. «No me parece un detalle menor», dice el profesor Cardini. Recibido el Mandilión, Abgar se cura. Y Egeria, escritora y peregrina de origen hispanorromano del siglo IV que viajó por tierras sagradas, añade, después de haber leído una copia de la carta enviada por Jesús, que en aquellas líneas estaba la promesa de la inexpugnabilidad de la ciudad gracias a la presencia de la Santa Faz. Todavía hoy Edesa, ciudad íntegramente musulmana, cree en aquella promesa. En el bazar se cuenta que la sagrada imagen participó en una batalla contra los persas. Soportó el agua y el fuego, pero los persas se retiraron. Un equipo de arqueólogos estadounidenses dirigido por Ian Wilson afirma haber hallado el lugar donde se custodió.

Y fue ese poder de alejar influencias malignas y enemigos lo que probablemente movió al duque Luis II de Saboya a comprar la Síndone el 22 de marzo de 1453 a la descendiente de un cruzado y convertir el sudario en el paladión de la familia, el protector divino. También Hitler acarició la idea de apoderarse de la Sábana Santa. Pío XII, con el pretexto de salvarla de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, la envió al santuario de Montevergine, en la Campania, protegiéndola con el anonimato del lugar.

Retrocedamos al año 944, cuando el general Juan Curcuas, al mando del ejército bizantino, asalta Edesa y se lleva a Constantinopla una imagen «no hecha por la mano del hombre» del rostro de Jesús para garantizar a la capital una «nueva y poderosa fuerza de protección divina». El recibimiento es triunfal. La imagen va acompañada por una procesión infinita, y el arcediano de Santa Sofía le dedica un día en el calendario: el 16 de agosto.

Posteriormente, en 1204, la ve Roberto de Clari, un caballero y literato francés llegado de Picardía con la Cuarta Cruzada. La opulenta y culta Constantinopla sufre un saqueo de tres días a manos de los cruzados, quienes se lanzan sobre las reliquias. De Clari escribe que ha po­­dido «contemplar la Síndone con la que fue envuelto Nuestro Señor», y concluye: «Ningún griego ni latino sabe qué le sucedió a la Síndone tras el saqueo de la ciudad el 12 de abril de 1204».

A partir de este momento la historia de la Síndone deviene un relato de Borges: un jardín de senderos que se bifurcan en un espacio infinito donde ninguna alternativa elimina a las demás. Empezando por el momento en que la Sábana Santa, la que se expone en Turín, aparece de repente en 1353 en Lirey, un pueblo perdido de la Champaña francesa.

¿De dónde viene? ¿Cómo ha llegado hasta allí? El Mandilión tomado como botín de guerra –el paño guardado en un relicario que De Clari vio en Constantinopla– se vendió en 1247 al rey de Francia Luis IX. Así lo afirma, con documentos en la mano, Andrea Nicolotti. No tiene nada que ver con la Sábana Santa de Turín. Las medidas no concuerdan: esta mide más de cuatro metros de largo, mientras que el Mandilión era poco más que una toalla. Y ahí se acaba el sendero.

Pero con el saqueo de Constantinopla la na­­rración enfila otros rumbos con otras pruebas. De Clari la vio, es una reliquia, lo dice él, uno de los padres de la lengua de oíl (a partir de la cual se desarrolló la lengua francesa), y por lo tanto es creíble, y por lo tanto existe. Y este es el punto de partida de muchas otras alternativas, una de las cuales llegará hasta nosotros.

Un cruzado, Otón de la Roche, se apropia de la Síndone y se la entrega a los caballeros templarios, o bien a un agente del emperador bizantino, para que se la lleven a su padre, Pons, que vive en el castillo de Ray-sur-Saône. Este se la confía al arzobispo de Besançon, en donde se expone cada primavera por Pascua, hasta 1349. Sobrevive a un incendio. Se hace una copia que a partir de entonces se exhibirá en la catedral de Saint-Étienne con una escenografía deslumbrante. La ciudad de Besançon obtiene así fama y riqueza: hasta 30.000 visitantes en un día. Esta copia acabará ardiendo durante la Revolución Francesa. Pero de nuevo prevalece la devoción, que se convierte en tradición: hasta el siglo XIX, la dote de toda muchacha de Besançon incluirá un bordado con la imagen de la Síndone.

En 1353 la Síndone de Turín está en manos de Juana de Vergy. Esta dama descendien­te de Otón la incluye en su dote (se dice, se deduce, lo dirá una descendiente suya) cuando se desposa con Godofredo de Charny. En París, durante un drenaje del Sena a fines del siglo XIX, bajo el Pont au Change se halló un ba­­jorrelieve medieval repujado en plomo: reproduce aquella boda, la Síndone, los escudos nobiliarios de Juana y de Godofredo y, entre ellos, el Sepulcro vacío. Para algunos, la prueba de las pruebas.

Godofredo de Charny es el prototipo del caballero medieval. Hombre de letras, autor de un tratado sobre caballería y valeroso en la ba­­talla. Durante la guerra de los Cien Años es capturado por los ingleses y hace voto de construir una iglesia en Lirey en cuanto sea libre. Accede a la dignidad de portaoriflama y cabalga a la cabeza del ejército real enarbolando el estandarte de los monarcas de Francia. Muere en la batalla de Poitiers en 1356 escudando al rey con su cuerpo. Siempre ha hablado muy poco de la Síndone, pero le asigna una casa y unos canónigos para su custodia.

De este modo la rescata de la oscuridad, recupera el mito y lo introduce en la historia actual. Lirey se convierte en destino de peregrinación; los hombres deben presentarse con una túnica hasta las rodillas y las mujeres, cubiertas hasta los tobillos. Surgen puestos artesanales de re­­cuerdos, imágenes y medallones de la suerte, tal como cuenta Alain Hourseau, biógrafo de Godofredo. El noble caballero jamás desveló cómo se había hecho con la Sábana Santa, añadiendo más leyenda a lo que siempre se había percibido como un secreto. Otro toque de modernidad.
Tras la muerte de Godofredo la Síndone se transmite de mano en mano entre sus herederos varones y mujeres, pasando por indultos, procesamientos, excomuniones, fugas e intervenciones de papas, antipapas y cardenales. En 1418, ante los indicios de una guerra entre Borgoña y Francia, los canónigos de Lirey se la confían a Margarita de Charny, la última de la familia de Godofredo. Cuando se queda viuda, sin recursos económicos ni protección, Margarita la cede a cambio de dinero a Luis II de Saboya; acabará excomulgada.

Año 1453. Para los Saboya la Síndone es el paladión de la Casa y la prueba tan­gible del favor del Cielo. En el pendón de la Capitana, la nave con la que participan en la batalla de Lepanto, va una reproducción. La Sábana Santa es trasladada a Chambéry, la capital del ducado. Mientras tanto, el papado ha permitido su culto siempre y cuando se reconoz­ca inequívocamente que no se trata de una reliquia auténtica. En 1532 se desata un incendio y sufre daños. La repararán las monjas clarisas de Sainte-Claire-en-Ville ante la presencia de decenas de peregrinos venidos incluso desde Roma.

Por la reacción de las monjas podemos comprender en qué se había convertido la experiencia de la Sábana Santa. Las hermanas, «vivieron los días pasados con la Síndone como una profunda experiencia espiritual» y, una vez terminada la labor, «nos quedamos huérfanas de Aquel que con tanta bondad nos había visitado a través de su imagen». En resumen, aquel evento, un intrascendente remiendo en el que se empleó tela de Holanda, acabó transformándose en una emoción mística. Es posible incluso que la experiencia de los actuales creyentes no sea muy diferente: un work in progress en el que cada persona halla solamente dentro de sí misma la respuesta a una pregunta que todavía no ha formulado.

Tampoco fue muy distinta la reacción de las gentes que vivían entre Saboya y el Piamonte cuando en 1578 Manuel Filiberto trasladó la Síndone a Turín, convertida en la nueva capital del ducado. Fue un recorrido accidentado, peligroso por la presencia de protestantes levantados en armas y documentado por la devoción popular, nunca antes tan sentida. Todavía son visibles los frescos que recogen su presencia embelleciendo iglesias, casas o esquinas de calles por donde pasó o se detuvo.

En el año 1898 la Síndone fue fotografiada por Secondo Pia, abogado de Asti y fotógrafo aficionado. La imagen sobre el negativo de la placa hizo que saliese a la luz la cara de un hombre con los rasgos solemnemente trazados por la muerte.

Estalló una polémica tremenda. «Durante los más de cien años que nos separan de la primera fotografía de la Síndone han corrido ríos de tinta sobre las investigaciones y sobre los estudios realizados con el sudario, y la bibliografía sindonológica cuenta con miles de obras escritas y publicadas en todos los continentes», dice Bruno Barberis, profesor asociado de Física Matemática en la Universidad de Turín y director del Centro Internacional de Sindonología.

Noventa años después, en 1988, el cardenal Ballestrero de Turín autorizó el análisis del lienzo con el método de datación radiométrica por carbono 14. El resultado, publicado en la revista Nature, lo dató entre los años 1260 y 1390, un período compatible con los primeros testimonios documentados de su existencia. Y su sacralidad como santa reliquia se dio por muerta y enterrada.

Sin embargo, un equipo de investigadores de la Universidad de Padua trató de justificar 2.000 años de devoción llegando a conclusiones opuestas: según su estudio, la datación por radiocarbono estaría alterada por las contaminaciones ambientales y el sudario podría remontarse a la época de Jesucristo. Los restos de polvo, polen y esporas presentes en la tela señalarían una procedencia localizada en Oriente Medio; el cuerpo representado en la Sábana Santa habría sufrido los actos violentos de la Pasión relatados en los Evangelios (flagelación, clavos, etcétera).

¿Y la imagen? Sobre este punto, algunos se encomiendan a lo paranormal: se habría producido a causa de una excepcional radiación generada en el momento de la Resurrección. Una especie de explosión atómica en miniatura…

«Entre las muchas definiciones de la Síndone me gusta la que la describe como una imagen inexplicable por lo menos hasta ahora –sostiene Barberis–, porque subraya un hecho realmente sorprendente: todas las teorías propuestas hasta hoy para explicar el origen de la imagen sindónica han sido insatisfactorias. Todo experimento que ha intentado reproducirla ha dado como resultado copias de características fisicoquímicas muy distintas de las del original. En definitiva, el proceso que causó la formación de la imagen continúa siendo desconocido», concluye.

Este año, durante la Pascua, la Síndone se ha expuesto de nuevo en Turín. Una ocasión solemne. No obstante, conviene recordar que en su célebre homilía del 24 de mayo de 1998, Juan Pablo II invitó a los creyentes a profesar una fe prudente, una devoción profunda pero consciente. El papa Wojtyła se expresó de manera muy laica: «La Sábana Santa es un reto a la inteligencia. Ante todo exige de cada individuo, en particular del investigador, un esfuerzo por captar con humildad el mensaje profundo que transmite a su razón y a su vida. La misteriosa fascinación que ejerce la Sábana Santa impulsa a formular preguntas sobre la relación entre ese lienzo sagrado y los hechos de la vida de Jesús. Dado que no se trata de una materia de fe, la Iglesia no tiene competencia para pronunciarse sobre tales cuestiones. Encomienda a los científicos la tarea de continuar investigando para encontrar respuestas adecuadas a los interrogantes relacionados con este lienzo que, según la tradición, envolvió el cuerpo de nuestro Redentor cuando fue depuesto de la cruz. La Iglesia los exhorta a afrontar el estudio de la Sábana Santa sin actitudes preconcebidas, que den por descontado resultados que no son tales; los invita a actuar con libertad interior y respeto solícito tanto en lo que respecta a la metodología científica como a la sensibilidad de los creyentes».

Pero por otra parte, como prosiguió el propio Juan Pablo II en aquella extensa homilía, «es justo alimentar la conciencia del precioso valor de esta imagen, que todos ven y que nadie, por ahora, puede explicar».

http://www.nationalgeographic.com.es

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