NO TUVO QUE PASAR…

 

Expulsado un líder de AfD de un acto oficial para conmemorar el Holocausto

El Parlamento regional de Turingia prohíbe la entrada a Björn Höcke, que aseguró que el memorial de las víctimas del genocidio en Berlín es una “vergüenza para el país”

Björn Höcke, jefe del grupo parlamentario del partido Alternativa para Alemania (AfD) en el Parlamento regional de Turingia, sufrió este viernes el desprecio de sus colegas parlamentarios y también el de las autoridades que administran el campo de concentración de Buchenwald. Höcke, que escandalizó al país la semana pasada cuando señaló que el memorial que recuerda las víctimas del Holocausto en Berlín representaba una “vergüenza para el país”, fue expulsado de la Cámara, que rindió un homenaje a las víctimas y tampoco pudo ingresar al campo, donde sobrevivientes y autoridades locales se reunieron para recordar a las víctimas.

El jueves pasado la fundación que administra el antiguo campo de concentración ubicado a las afueras de Weimar comunicó a Höcke que no “era bienvenido” al acto que tuvo lugar este viernes, a causa de su polémico discurso. En un comunicado, la fundación precisó que no excluía a ninguna persona, sino comportamientos, e invitó al diputado a visitar el campo en otra ocasión para que pudiera informarse de las “devastadoras consecuencias” de la política del régimen nazi.

Este viernes, el presidente del Parlamento regional, el democratacristiano, Christian Carius, le pidió a Höcke de abstenerse de participar en el homenaje que tuvo lugar en el Parlamento y le señaló que su presencia podía ser interpretada como una “provocación”. Aun así, Höcke se presentó en el hemiciclo, pero optó por retirarse de la sala.

El diputado, que podría ser expulsado de las filas de AfD, si prospera una petición de la dirección del partido, después de abandonar el Parlamento, se dirigió a Weimar para estar presente en la segunda ceremonia del día, sin darle importancia a la advertencia que había recibido en la víspera. Las autoridades del campo, para impedir la presencia del diputado pidieron ayuda a la policía y también congregaron a varios voluntarios que tenían la misión de prohibirle la entrada al campo.

Cuando Höcke llegó a la entrada principal del campo, donde murieron unas 250.000 personas, un voluntario le mostró un documento donde se le prohibía la entrada. Después de leerlo, el diputado dio media vuelta y se marchó.

Los incidentes en Erfurt, la capital del Estado federado y en Buchenwald, protagonizados por el político de Afd, ensombrecieron los actos de una jornada que tiene una amplia repercusión en el país y que se celebra para recordar la liberación de Auschwitz y, al mismo tiempo, para rendir un homenaje a las víctimas del Holocausto

La ceremonia principal se llevó a cabo en Berlín, donde, en presencia de la canciller Angela Merkel y del presidente, Joachim Gauck, el Parlamento Federal se reunió para inclinarse ante el recuerdo, no solo de las víctimas que murieron en los campos de concentración, sino también a unas 300.000 personas enfermas y minusválidas que fueron asesinadas por los nazis para mantener la pureza de la raza aria.

http://internacional.elpais.com

Las matanzas a obreros y el terror comunista: lo que Ahora Madrid parece ignorar sobre la Revolución Rusa

Las luchas de Febrero de 1917 alcanzaron oficialmente los 1.382 fallecidos (869 eran soldados) a causa de tiroteos con la policía, fuego cruzado y accidentes con armas y explosivos. Pero aquello solo fue la antesala del auténtico horror y de la posterior guerra civil, con millones de muertos, entre el «terror rojo» y el «terror blanco».

Todas las revoluciones acostumbran a ser violentas por definición. Porque una revolución significa levantarse contra alguien que no quiere moverse por las buenas. Y porque una revolución es el fracaso de las soluciones pactadas, siendo el momento de que los extremos muevan sus piezas. De ahí que sea tan fantasioso pensar –como dijo este lunes en una comisión municipal el concejal de Economía de Manuela Carmena– que la Revolución rusa se resolvió con solo «cinco personas muertas, cinco». Sobre todo en un país tan excesivo como Rusia, a medio camino entre occidente y oriente; y a medio camino entre la modernidad y la brutalidad.

Ya en 1905 se habían producido unos sucesos revolucionarios, con más de 500 personas asesinadas por las tropas del Zar ante el Palacio de Invierno de San Petersburgo

Las postreras purgas que se sucederían con Joseph Stalin, uno de los dictadores más sangrientos de la historia, convirtieron en un juego de niños la brutalidad de la Revolución rusa y la represión desencadenada con el ascenso bolchevique y la posterior Guerra Civil. Pero no lo fue ni mucho menos, porque en Rusia todo se hace a la tremenda. Las sucesivas derrotas rusas en la Primera Guerra Mundial, el atraso de sus infraestructuras, la sangría de muertos (1.700.000 muertos), la hambruna y la caída en picado de la economía rusa abonaron el terreno para la revolución contra el Zar Nicolás II. De hecho, ya en 1905 se habían producido unos sucesos revolucionarios, con más de 500 personas asesinadas por las tropas del Zar ante el Palacio de Invierno de San Petersburgo, que iba a ser el preámbulo de la Revolución de 1917.

De aquellos polvos estos lodos. El invierno entre 1916 y 1917 fue el más duro de la guerra. Como explica Catherine Merridale en su libro «El tren de Lenin» (Crítica), al amanecer del primer día de 1917, la policía de Petrogrado halló en un río helado el cuerpo mutilado de Rasputín, consejero privado del Zar y de la zarina Alejandra, odiada por el pueblo a causa de su afinidades germánicas. «Se besaban unos a otros en las calles, y muchos fueron encender cirios a Nuestra Señora de Kazán», narró entonces el noble y diplomático Paléologue sobre la reacción a la muerte de Rasputín. El asesinato demostraba que la Familia Real y su entorno estaban más aislados y desprotegidos de lo que a primera vista parecía.

El zar Nicolás II y su familia.
El zar Nicolás II y su familia.

Los obreros se echaron a la calle en esos días. 1916 se saldó con 234 huelgas políticas en las ciudades rusas, mientras que en los dos primeros meses del siguiente año se registraron un millar. El mes de febrero, una manifestación de mujeres trabajadoras a la que le siguió una huelga espontánea de los trabajadores de las fábricas de la capital, Petrogrado, derivó en enfrentamientos con la policía. Se produjeron decenas de muertos, muchos de ellos entre la propia policía. El peor enfrentamiento tuvo lugar en la plaza Znamenskaya, donde al menos 40 personas fueron abatidas y se produjo un número similar de heridos.

La Revolución de Febrero fuerza la abdicación

El 27 de febrero las manifestaciones desembocaron en una insurreción cuando estalló una rebelión en el seno del Ejército, harto de que se les obligara a abrir fuego contra civiles desarmados. Así, el primero en sublevarse fue el regimiento Volhynsky, al que le siguieron la mayoría de las unidades acantonadas en la ciudad. En su huida, muchos soldados debieron enfrentarse a sus superiores e incluso abrir fuego contra ellos. Unos 25.000 se unieron ese día al bando revolucionario, mientras eran asaltados varios arsenales del Estado. Los manifestantes también se estaban armando.

El levantamiento dirigió sus objetivos contra la prisión de Kresty, los tribunales de justicia y los arsenales de artillería. «La multitud ofrecía un aspecto curioso, casi grotesco. Soldados, obreros, estudiantes, vándalos y delincuentes liberales deambulaban sin rumbo fijo formando grupos independientes, todos armados, pero con una insólita variedad de armas», diría Stinton Jones, un observador británico, sobre lo que se convirtió en una ciudad en llamas. No llevar una bandera roja, aunque fuera un trozo de cinta en el sombrero, equivalía a ser policía o espía, y a ser el objeto de las balas sin que cupieran las preguntas

La insurrección desembocó en la disolución del gobierno imperial y en la creación del famoso Sóviet de Petrogrado, cuya sede en el palacio de Potemkin (ocupado en el otro ala por el Comité de la Duma) sirvió de prisión para miles de soldados y funcionarios, muchos de ellos temblorosos ancianos, todavía afines al Zar. Al gobierno provisional le preocupaba en ese momento cómo iban a recibir estos sucesos revolucionarios los soldados que seguían combatiendo en la Primera Guerra Mundial y cómo ibana acontrolar a la masa de soldados sublevados que seguían sembrando el caos por la ciudad. En tanto, los últimos fieles al Zar Nicolás II preparaban un contraataque a cargo del general Ivanov, cuyas órdenes eran las de aplastar la rebelión a cualquier precio.

Frente a los movimientos dubitativos de la Duma (controlado por un Gobierno provisional), el Sóviet de Petrogrado fue adquiriendo mayor poder cuando la abdicación del Zar dio paso a la república. En un intento desesperado por salvar a su familia, Nicolás II abdicó a favor de su hermano menor, el Gran Duque Miguel, quien a su vez rechazó el trono y dio el golpe de gracia a los Romanov.

Si bien la inesperada salida de Nicolás II había evitado un baño de sangre mayor, la cifra de muertos alcanzó oficialmente los 1.382 fallecidos (869 eran soldados) a causa de tiroteos con la policía, fuego cruzado y accidentes con armas y explosivos. La cifra no sería baja en ningún país, salvo en la Rusia revolucionaria.

Funerales por las víctimas de la Revolución el 5 de abril de 1917 (23 de marzo según el calendario juliano) en Petrogrado
Funerales por las víctimas de la Revolución el 5 de abril de 1917 (23 de marzo según el calendario juliano) en Petrogrado

En abril de 1917, el líder exiliado de los bolcheviques, Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, viajó de regreso a Rusia en un tren, siendo parte de un arriesgado plan prusiano para que Rusia, al fin, se retirara de la Primera Guerra Mundial. Solo un elemento tan extremista como Lenin –pensaban los servicios exteriores alemanes– podía hacer cambiar de opinión al gobierno provisional y al Sóviet de Petrogrado, partidarios de continuar la guerra. «Pedir al Gobierno Provisional que concluya una paz democrática es como predicar la virtud a la encargada de regentar un prostíbulo», afirmaría el líder bolchevique.

Hasta su llegada los bolcheviques se habían mostrado incapaces de llevar la revolución a otro nivel y compartían, resignados, el protagonismo obrero con otros grupos socialistas igualmente respaldados a nivel social; si bien años después las crónicas comunistas exagerarían el papel bolchevique en estas primeras jornadas revolucionarias.

La llegada de Lenin no tardó en radicalizar el movimiento bolchevique. El líder exiliado criticó que su propio grupo hubiera permitido que los sucesos de febrero condujeran a una revolución liberal y a un gobierno provisional de carácter burgués. «No quiero una república parlamentaria.., sino una república de sóviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba. Supresión de la policía, del Ejército y de la burocracia», anunciaría. Una segunda revolución todavía más sangrienta estaba en curso.

Durante los tres días de luchas callejeras de los revolucionarios y la policía, apoyada por matones de extrema derecha, perdieron la vida más de 700 manifestantes

El fracaso militar de la Ofensiva Kérenski, última campaña rusa en la Primera Guerra Mundial, sembró el terreno para que Lenin y el ala radical de los bolcheviques dieran un paso al frente. El Ejército entró en descomposición, las deserciones se multiplicaron, las protestas en la retaguardia se acrecentaron y en julio de 1917 los soldados situados en Petrogrado, se negaron a regresar al frente. Reunidos con los obreros, se manifestaron para exigir que los dirigentes del Sóviet de Petrogrado tomaran el poder.

La gente se echó a las calles con banderas rojas, banderas negras, fusiles y cuchillos, narra Catherine Merridale en su libro «El tren de Lenin» (Crítica). Durante los tres días de luchas callejeras de los revolucionarios y la policía, apoyada por matones de extrema derecha, perdieron la vida más de 700 manifestantes. Los bolcheviques no pretendían derrocar en ese momento al Gobierno (de hecho, la cúpula seguía desvinculandose de las posturas leninistas), pero sus líderes fueron acusados de alta traición y de moverse siguiendo instrucciones alemanas.

Las Checas, el camino hacia la Guerra Civil

Los planes del general Lavr Kornílov de instaurar una dictadura militar de corte conservador dieron lugar a una nueva revuelta abiertamente bolchevique en Petrogrado, en el verano de 1917. Los obreros cavaron trincheras y los ferroviarios enviaron los trenes a vías muertas, provocando el fracaso de un golpe de Estado contrarrevolucionario. No obstante, la debilidad del Gobierno provisional mostró el camino a Lenin y a sus radicales. Durante el verano de 1917, los agricultores adoptaron medidas, tomando las tierras de los señores, sin esperar a la prometida reforma agraria del Gobierno.

En noviembre, se produjo definitivamente un levantamiento bolchevique contra el Gobierno, con graves y sangriento enfrentamientos en algunas zonas, como Moscú. Así y todo, la lucha en la capital fue breve y se saldó con pocos muertos (probablemente el concejal Carlos Sánchez Mato se refiera a esta jornada cuando dice que solo hubo «5 muertos»), dado que el Gobierno provisional careció de apoyo en el Ejército allí acuartelado. No hay que olvidar que las fuerzas militares se encontraban en proceso de descomposición.

Propaganda contra Trotsky durante la Guerra Polaco Soviética
Propaganda contra Trotsky durante la Guerra Polaco Soviética

Tras el exitoso golpe de Estado bolchevique, Lenin prometió «la construcción de un orden socialista» para Rusia y dio los primeros pasos para que el país se retirara del conflicto internacional. También los dio para crear uno de los órganos de represión política más famosos de la historia. El nuevo régimen encabezado por Lenin y Trotsky fundó a finales de 1917 la «Comisión extraordinaria de lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución», comúnmente conocida como Checa. Inspirados por el ejemplo jacobino de la Revolución francesa, los bolcheviques anunciaron el «terror rojo» para oponerse al «terror blanco». El primer anuncio oficial de esta campaña represiva, publicado con el título de «Llamamiento a la clase obrera», el 3 de septiembre de 1918, pedía a los trabajadores:

(…) Aplastad la hidra de la contrarrevolución con el terror masivo. Cualquiera que se atreva a difundir el rumor más leve contra el régimen soviético será detenido de inmediato y enviado a un campo de concentración.

La represión contra los enemigos del régimen se desplegó en su máxima expresión a partir del verano de 1918, tras la insurrección de los socialrevolucionarios de izquierda de Moscú y una serie de atentados contra los dirigentes bolcheviques, entre los que se encontraban Moiséi Uritski, asesinado el 30 de agosto, y el propio Lenin, gravemente herido por Fanya Kaplan, ejecutada sumariamente poco después.

En los seis primeros meses de 1918, hubo veintidós ejecuciones realizadas por la Checa. Mientras que en los seis siguientes, la cifra aumentó hasta 6.000. En la medianoche del 17 de julio de 1918 el Zar junto a los integrantes de la familia fueron llevados al sótano de la Casa Ipátiev para ser fusilados, junto a algunos sirvientes cercanos, e incluso un médico leal. Las Checas se atrevían con nobles, reyes y cualquier sospechoso de no apoyar a los bolcheviques, los cuales antes de la Revolución de Febrero solo habían sido uno de los muchos grupos surgidos en la izquierda rusa. Pero aquel detalle ya daba igual: todo era contrarevolucionario a ojos de Lenin.

Millares de presos y de sospechosos fueron masacrados a lo largo de toda Rusia, siendo el primer acto de una Guerra Civil entre los bolcheviques y el resto de fuerzas que se cobró alrededor de nueve millones de vidas, entre muertes directas y las provocadas por la ruina y la hambruna generalizada.  http://www.abc.es

La Desbandá, la mayor tragedia de la Guerra Civil, encerrada políticamente

La masacre de la carretera de Málaga a Almería cayó en el olvido por ser una vergüenza tanto para el Franquismo como para la República.

La masacre de la carreta de Málaga a Almería, conocida como la “Desbandá”, es la gran olvidada de la Guerra Civil española, a pesar de ser la peor matanza vivida durante la contienda. “Los muertos, muertos son, pero mientras que el bombardeo de Guernica, con 250, es conocido internacionalmente, el de la carretera de Almería, con 5.000 asesinados, siempre se ha ocultado porque fue una vergüenza para todos”, afirma el historiador Miguel Alba.

Si en Guernica las bombas fascistas cayeron sobre 5.000 vascos, en la Desbandá más de 150.000 malagueños, en su mayoría mujeres y niños, tuvieron que huir de la ciudad a pie, descalzos incluso, mientras eran bombardeados desde el aire por aviones alemanes e italianos y desde el mar por buques nacionales. Narran las crónicas de la época, según recuerda la historiadora Lourdes Peláez, “cómo los barcos franquistas acompañaban tranquilamente en paralelo y por el flanco derecho la huida de la población, que dejaba atrás Málaga por la única carretera posible, esculpida en la roca encima del mar, mientras los bombardeaba”.

A los 5.000 muertos de aquella huida habría que sumar muchos más en Málaga una vez que cayó el 8 de febrero a manos de los sublevados. “Las informaciones de diarios de la época como El Centinela describen como Málaga ya no era una ciudad, era una carnicería, con mujeres saltando por la ventana, olor a carne quemada o los fascistas tiroteando por las calles indiscriminadamente a gente indefensa”, explica Peláez.

A pesar de esta tragedia innegable, incluso ahora que se cumple 79 años de los sucesos, continúa siendo la gran olvidada de la Historia de España, especialmente al norte de Despeñaperros. Alba ofrece la respuesta a esta amnesia histórica: “La Desbandá ha estado políticamente encerrada porque la política siempre quiere llevar a la Historia de la mano. No se ha hablado de esta matanza porque fue una vergüenza para todos, tanto para los fascistas, que fueron los ejecutores, como para la República”.

Carmen Aguilar

Carmen Aguilar

El periodista e historiador Antonio Somoza amplía el argumento de Alba, indicando que “Málaga, por su ubicación, era muy fácil de defender, pero la República la abandonó”. Tal y como expone Somoza, la capital malagueña sólo tenía una acceso por carretera y por el resto de los flancos estaba rodeada por mar y montaña, “por lo que con los recursos de entonces no presentaba grandes dificultades para ser defendida”.

Sin embargo, desde Madrid, “la República no terminaba de fiarse de Málaga [conocida como Málaga La Roja], porque había demasiados comunistas y anarquistas y no le prestó el apoyo debido”. Somoza relata cómo ni siquiera envío armas suficientes, de manera que los más de 12.000 milicianos que se quedaron en la ciudad estaban indefensos, con apenas 8.000 fusiles y con escasa munición.

“Málaga cayó como un castillo de naipes”, afirma Somoza, al tiempo que la historiadora Peláez se apoya en crónicas de la guerra del periodista húngaro Arthur Koestler, encarcelado por los franquistas tras la caída de Málaga, para ilustrar cómo “ya el 25 de enero se veía la carnicería en que se convertiría la ciudad, indefensa, con bombardeos iniciándose hacia el 5 de febrero y ni una sola réplica republicana”.

79 años después, Málaga Republicana acaba de realizar una reclamación ante el consulado alemán denunciando “los crímenes cometidos por las tropas alemanas, el bombardeo y ametrallamiento de la columna de civiles”, según apunta Máximo de Santos, portavoz de esta organización, que hoy organiza una marcha reivindicativa por la carretera de Málaga a Almería. Una reclamación, por otro lado, que exige al Gobierno español y al Congreso que asuman como propia, si bien se antoja más simbólica que efectiva, pues ya en 1979 Alemania se negó a asumir cualquier tipo de reparación por los bombardeos de Guernica por parte de la Legión Cóndor.

“Suelta a la niña y corre”

Dolores García tenía 7 años cuando se unió con su familia a la Desbandá. Hoy, ya con 86 años y un exilio de 40 años en Suiza a sus espaldas, recibe un homenaje en Rincón de la Victoria (apenas a 15 kilómetros de Málaga), que tras cuatros años de Gobierno del Partido Popular, ha retomado ahora con un equipo de Gobierno progresista (PSOE, Ahora Rincón, IU y PA) sus jornadas de Memoria Histórica.

Dolores García con una foto de sus padres

Dolores García con una foto de sus padres

Durante la colocación de una placa conmemorativa por la masacre de la carretera de Málaga a Almería en uno de los túneles donde cayó un obús, García ha recibido esta mañana el homenaje como víctima de aquella huida en la que perdió a su familia. “Me quedé dormida, junto a mi madre, porque estaba muy cansada”, recuerda, “y mi padre, mi hermano y mis tíos continuaron caminando, quedando en encontrarnos en Almuñécar”.

Nunca se produjo tal encuentro y desde Almuñécar en adelante, García cuenta cómo “íbamos destapando a los muertos en las cunetas pensando que quizás sería mi padre”, del que finalmente tuvieron noticias de que había llegado a Albacete, donde moriría años después sin que la familia se reagrupara jamás.

Por su parte, Carmen Aguilar tenía 5 años cuando su familia emprendió la huida bajo los bombardeos fascistas. Los 84 años que tiene ahora han hecho mella en su memoria, pero no lo suficiente para olvidar fragmentos que cuando relata le ponen los ojos vidriosos: “corríamos entre la gente, mi madre conmigo en brazos, y las personas le decían ‘tira a la niña, tira a la niña’, para que pudiera correr más”.

Aguilar no recuerda muy bien cómo terminaron en Lleida, si fue cogiendo un barco en Valencia, de la que le vienen imágenes de naranjas que devoraban exhaustos por el éxodo, pero lo que no puede olvidar es a su madre, “apartándome la cara constantemente de la cuneta para que no viera a los muertos”, o la noche que “tuvimos que dormir metidas en una calera [donde se elaboraba la cal], mientras seguían cayendo las bombas”.

Tampoco se ha borrado de su memoria cómo durante la travesía hacia Lleida cayó enferma de sarampión y el médico recomendó que no ingiriera ningún alimento por temor a que ello empeorara su estado. Tan al borde de la muerte estaba que sus padres quisieron que al menos comiera algo, sin temor ya a nada que perder. “Mi madre quiso asar una pata de conejo en una estufa y ni siquiera le dio tiempo a recalentarla, estaba tan hambrienta que prácticamente me la comí cruda”, relata. Su estado mejoraría y, desde ese momento y fruto de la promesa de su padre a la Virgen del Carmen si vivía, dejó de llamarse Antonia –como todavía a día de hoy figura en todos los papeles oficiales- y pasó a ser conocida como Carmen.

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DIFUSIÓN EN EL BLOG: @tiricia34

 

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